ELECCIONES COLOMBIA 2019: LA SALIDA DE UNA IDEOLOGÍA, LA POCA CLARIDAD EN LA QUE VIENE

Por: Luis Daniel Santiago.

Con guerrilleros retomando las armas, un expresidente citado a declarar ante la Suprema Corte de Justicia, protestas estudiantiles en la capital, una posición geográfica rodeada de países con situaciones sociales de crisis y un presidente mal aprobado, Colombia regresó a las urnas para elegir gobernadores, alcaldes y concejales. Al ver los resultados, se puede decir que se trata de un punto de inflexión para la política colombiana. La transición de una ideología que ha dominado al país las últimas dos décadas, el uribismo, a un nuevo orden.

Durante los tres meses que duró el proceso electoral, el panorama social de Colombia sufrió sacudidas importantes.

Alias Iván Márquez, entre otros de los que alguna vez integraron la cúpula de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), anunciaron que volvían a las armas, abandonando así el polémico proceso de paz con el que se desmovilizó a las FARC en 2017, después de más de 50 años de conflicto armado. Este acontecimiento revitalizó un debate añejo: ¿la paz a costa de cualquier cosa? Cabe recordar que bajo las condiciones del acuerdo de paz, las FARC obtuvieron representación política a través de un partido político.

El rearme de Márquez y compañía, acompañado de acciones armadas en determinados puntos del país, tendría que haber beneficiado al principal enemigo del acuerdo de paz, el expresidente y hoy senador Álvaro Uribe, ya que le darían la razón sobre el desenlace que tendría una amnistía generalizada a guerrilleros, al darles entrada a la política. Sin embargo, Uribe tenía sus propios problemas. Siendo también líder indiscutido de su partido, Centro Democrático, Uribe fue citado a declarar ante la Corte Suprema de Justicia por supuestamente haber presionado, a través de abogados, a testigos que probarían su involucramiento en la fundación de un grupo paramilitar que condujo ejecuciones al margen de la ley.

A la par de dichos sucesos, en Bogotá se realizaron manifestaciones multi-temáticas, desde paros convocados por transportistas, en respuesta a nuevas reglamentaciones de tránsito, hasta protestas en la Universidad Distrital por supuesta corrupción dentro de su dirigencia, mismas que recibieron el apoyo de estudiantes de la Universidad Javeriana y que terminaron en actos de vandalismo y violencia, con varios reportes de heridos y de abusos policiales. Todo esto mientras crecían las críticas al gobierno de Iván Duque, juzgado de pasivo ante el convulso ambiente del país. Sumado a estos hechos, la crisis social en los vecinos Venezuela y Ecuador se agudizaba, con la prolongada desintegración del primero y el súbito levantamiento, con tintes de golpe de estado, en el segundo. En este complicado contexto, esta elección daría ruta sobre el sentir actual de la población hacia todos esos temas.

Y la respuesta es clara a la vez de difusa. Más allá de que las elecciones locales responden a dinámicas separadas de la coyuntura general, el patrón que se observó fue el abandono de los extremos. En lugar de favorecer el blanco o negro, a nivel nacional se pudo ver una tendencia hacia el gris, prevaleciendo la victoria de coaliciones integradas por múltiples partidos o por candidatos independientes.

Para el uribismo, la derrota es la más marcada. Perdió por amplios márgenes en departamentos del interior, y fueron incapaces de llevarse el bastión simbólico de su fuerza, Antioquia, que Uribe gobernó antes de ser presidente y donde triunfó una coalición de 4 partidos liderada por Aníbal Gaviria; además de la joya de la corona, Medellín, donde un independiente, Daniel Quintero, fue el ganador. En ambos casos, el segundo lugar fue para candidatos de Centro Democrático. En Bogotá, se sabía que un triunfo uribista era complicado. Sin embargo, resalta el hecho de que el candidato del uribismo, Miguel Uribe, fue el último lugar.

El máximo referente de la izquierda, Gustavo Petro, también sufrió pérdidas notables, resaltando la apabullante diferencia de 48 puntos por la que su hijo, Nicholas Petro, fue superado en la contienda por la gobernación de Atlántico por Elsa Noguera, de una coalición multipartidista, además de que Hollman Morris, su candidato en Bogotá, se quedó a 21 puntos de López, llamativo si se toma en cuenta que Petro gobernó Bogotá.

La línea orientada al centrismo liderada por coaliciones multipartidistas o por independientes, también manda un mensaje general de hartazgo.

Hartazgo el partidismo tradicional, un distintivo característico a nivel mundial en la última década, pero también de las vacas sagradas de la política colombiana, particularmente a Álvaro Uribe. El voto duro de Uribe se ha ido erosionando al mismo tiempo de no poder sumar nuevos simpatizantes. En mucho menor medida, pero también de manera importante, Petro también queda debilitado. De cara a un segundo round por la presidencia, necesitaba marcar avances y fue incapaz de lograrlo.

También, una llamada de atención al presidente Duque. Sin duda el resultado también es un voto de castigo a Duque con apenas un año desde su toma de protesta. A pesar de la relativa estabilidad económica, la aversión del Presidente para tomar posturas contundentes en temas sociales le pasó factura en las urnas.

Esta elección deja un panorama incierto de cara a la elección presidencial de 2022. Algo innegable es que los atributos positivos, que constituyen la fuerza electoral de Uribe y Petro, no son transferibles a sus respectivos candidatos, y ante la falta de liderazgos visibles en sus filas, entra un tercero en discordia, Sergio Fajardo, un candidato de centro.

Con el triunfo de López, compañera de dupla de Fajardo en la elección presidencial de 2018, éste último, con una agenda marcada por el diálogo ciudadano y un rechazo al partidismo tradicional, queda como el rival a vencer, con las demás fuerzas buscando entre sus filas a alguien que le pueda competir.

La falta de polarización que representa Duque, un tecnócrata sin posturas contundentes en temas delicados, abre la puerta a una transición de sistema político a otro. De pasar de la seguridad democrática de Uribe, que es utilizar la guerra como instrumento para pacificar a un país que lleva décadas de violencia pero incapaz de resolver sus causas de fondo, a una nueva tendencia que aún está por definirse.

Si Fajardo será el abanderado de este cambio, y cuáles serán las características del mismo, está por verse.

Pero si algo pone en evidencia el resultado de este 2019, es que el ocaso del uribismo se acerca.

SOBRE EL AUTOR:

LUIS DANIEL SANTIAGO

Estratega Junior en Politiks360º

Comunicólogo apasionado por la política y la sociedad. Curioso investigador de las tendencias que mueven al mundo. Propone contenidos estratégicos y creativos para cada momento de nuestras campañas.

 @ldsanvid